Mi familia fue el primer lugar donde entendí lo que es sentirse a salvo.
Han estado en cada etapa, en cada lío, en cada caída y en cada logro que
parecía gigante en su momento. Con ellos aprendí que pertenecer a algo te
sostiene, que el cariño de casa es el que te mantiene de pie fuera de ella,
aunque no siempre lo digas en voz alta.
La música también ocupa un espacio enorme en mi vida. Tiene esa
capacidad rara de unir emociones, personas y recuerdos sin necesidad de
palabras. Me acompaña, me calma, me inspira. Hay canciones que me han salvado
días enteros sin que nadie lo supiera, y me gusta pensar que en algún lugar
alguien está sintiendo lo mismo escuchando la misma canción.
Y luego está Laura. Catorce años juntas. Hemos pasado por risas, lloros,
secretos, silencios que no pesan y etapas raras que solo se comparten con
alguien que importa de verdad. Con ella descubrí que las amistades que valen la
pena sí duran, que hay vínculos que resisten el tiempo y los cambios. Tenerla
cerca hace que todo sea más ligero, incluso cuando no lo es.
Escribir es otra de mis formas de respirar. Me ayuda a ordenar lo que
siento, a entenderme, a poner en palabras cosas que no sé decir en voz alta. Es
un refugio, una manera de abrir espacio cuando todo está demasiado lleno. A
veces escribir es la única forma que tengo de aclarar el caos.
Y los libros… los libros han sido puertas. Me han llevado a lugares que
no conocía, me han enseñado, me han acompañado en días buenos y en días que no
tanto. Gracias a ellos descubrí ideas nuevas y entendí que siempre hay algo más
por explorar, incluso cuando parece que ya lo has visto todo.
Todo esto (mi familia, la música, Laura, escribir y los libros) es el
mapa de mi vida. Lo que me sostiene. Lo que me recuerda que incluso en los días
difíciles siempre hay algo que vale la pena.
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