lunes, 22 de junio de 2026

El trapo amarillo

 

En mi familia, toda la vida hemos sido de trapo amarillo. No era solo un trapo: era tradición, era identidad, era casi un miembro más de la casa. Un clásico de la casa, de esos que llevan tantos años ahí que ya ni te imaginas la cocina sin él. Ese trapo había visto de todo: mocos, lágrimas, heridas, manchas imposibles y algún que otro desastre que es mejor no recordar. Era feo, sí, pero era nuestro.

Por eso, cuando mi abuela decidió que quería ser “moderna” y cambió el trapo amarillo por un simple y cutre trapo rosa, sentí que algo dentro de mí se descolocaba. Lo hizo sin avisar, sin prepararnos, sin un mínimo de respeto por la memoria histórica familiar. Simplemente apareció con un trapo rosa pastel, como si fuera lo más normal del mundo. Y no, no lo era. Era un golpe directo a mis recuerdos, a mi infancia, a todo lo que yo entendía como orden doméstico.

El nuevo trapo no tiene historia. No tiene carácter. No tiene ni una sola mancha que cuente una anécdota. Es un trapo rosa que parece comprado deprisa, sin cariño, sin pensar en lo que estaba sustituyendo. Y yo, sinceramente, creo que esto debería ser ilegal. Un atentado contra la tradición familiar.

Porque, vamos a ver, ¿cómo voy a confiar en un trapo rosa para limpiarme los mocos? ¿Qué experiencia tiene? ¿Qué ha vivido? El trapo amarillo llevaba décadas en servicio. Había sobrevivido a meriendas desastrosas, a resfriados y a muchas cosas más. Era un guerrero del día a día. 

Aún estoy procesando que la ausencia del viejo trapo amarillo me genere un trauma en el futuro. Mi abuela no tiene sentimientos. Para que nadie olvide a lo que nos recogió los mocos a la vez que nos curaba las heridas o nos limpiaba la cara. 

No solo era el trapo amarillo, era el trapotodo.

domingo, 24 de mayo de 2026

Un día especial

 


Hoy es un día especial, uno de esos días que solo se viven una vez en la vida, pero que luego recuerdas para toda la vida. Y hoy ese recuerdo tiene una sonrisa enorme, un vestido precioso y a mi hermana en el centro de todo.

A veces pienso en el día que llegaste a este mundo. Yo era pequeña, pero me acuerdo perfectamente de esa sensación tan rara y bonita, como si de repente la casa se hubiera llenado de algo nuevo. Como si el mundo hubiera cambiado un poquito solo porque tú estabas aquí. Y aunque no lo entendiera del todo, sí supe una cosa desde el primer momento: que tú y yo íbamos a estar unidas para siempre.

Y así ha sido. Hemos crecido juntas, entre risas, juegos, secretos… y también peleas, claro. Porque discutimos todos los días, por cosas que ni tienen importancia. Pero lo que nadie ve es que, detrás de cada pelea, siempre hay algo más fuerte: que no sabemos estar separadas. Que por mucho que peleemos siempre volvemos a estar unidas. Que somos equipo, incluso cuando no lo parece.

Tú eres mi enana. La que me hace reír cuando estoy seria. La que me busca, aunque diga que no. La que me mira como si yo pudiera arreglarlo todo. Y aunque a veces me desesperes, también eres la persona que más quiero proteger en este mundo.

Hoy te veo tan guapa, tan feliz, tan mayor y tan pequeña a la vez, que me cuesta hasta respirar. Porque estás creciendo, sí, pero para mí siempre serás esa niña que llegó un día y me cambió la vida sin avisar. Esa niña que me enseñó lo que es querer de verdad, incluso cuando hay peleas, incluso cuando hay días malos.

Y quiero que sepas algo que no siempre digo, pero que siento cada día: siempre voy a estar contigo. Para cuidarte, para defenderte, para escucharte, para abrazarte cuando lo necesites y para reírme contigo hasta que nos duela la barriga. Siempre. Porque eres mi enana, y eso no lo cambia nada ni nadie.

Ojalá que hoy sea un día que guardes para siempre. Y ojalá que cuando seas mayor y mires atrás, recuerdes no solo este momento, sino todo lo que te quiero. Incluso en esos momentos en los que parece que no.

Disfruta tu día, enana. Para mí, siempre vas a ser mi pequeña.

miércoles, 22 de abril de 2026

Cuando crecer se hace raro


Hace poco me paré a pensar y me di cuenta de que no me gusta demasiado la idea de crecer. Suena raro a mi edad, lo sé. Lo “normal” es querer sacarte el carné, salir hasta más tarde o hacer cosas “de mayores”. Y no digo que esté mal, ni que no mole, pero cuando miro atrás me entra una nostalgia de la buena, de esa que te hace sonreír.
Antes todo se sentía especial. Me disfrazaba, me ponía aquellos tacones de plástico con un lazo gigante y la foto de una princesa de Disney. Todas las tardes jugaba con mi mejor amiga después del cole, y la noche de Reyes era el momento más emocionante del año para aquella niña que, al parecer, ahora no tiene tantas prisas por hacerse mayor.
También estaban las tardes de los domingos, aquellas que compartía con mi abuelo y que ahora recuerdo con un cariño especial. Con él descubrí cosas que, aunque eran simples, para mí eran todo un mundo: que con las katiuskas podía saltar los charcos, que los caracoles me daban miedo y que las vacas eran vacas vestidas de vaca. Eran momentos tranquilos, de esos que no parecen importantes hasta que pasa el tiempo y te das cuenta de que lo eran más de lo que pensabas. Son recuerdos que ahora compartimos los dos, como si fueran pequeñas historias solo nuestras.
Supongo que por eso me cuesta un poco dejar atrás esa etapa. No porque crecer sea malo, sino porque mi infancia fue tan buena que a veces me gustaría volver un ratito. Aun así, sé que hacerse mayor también trae cosas nuevas, diferentes, y que no todo tiene por qué perder la magia.
Lo que sí tengo claro es que, pase lo que pase, siempre habrá un rincón dentro de mí para esa niña que se disfrazaba de princesa, que corría por el río inventando historias imposibles y que se ponía tacones de plástico para sentirse mayor. Esa parte sigue ahí, acompañándome mientras crezco.


lunes, 23 de marzo de 2026

El Bisa


Hoy me dieron una de las noticias más dolorosa de mi vida. Mi bisa nos había dejado. No supe cómo reaccionar; me quedé bloqueada. Me enfadé conmigo misma por no haber estado con mi familia en ese momento y me sentía culpable.

Pero también entendí algo: que no hace falta estar físicamente para querer, que el amor no se mide por dónde estás, sino por lo que sientes. Y yo, aunque no estuviera, estaba allí con ellos y con él.


Se nos fue un hombre muy importante, alguien que marcó nuestras vidas sin darse cuenta, y que ahora se convirtió en ese ángel que no vemos, pero que sabemos que está. Porque hay personas que no desaparecen. Se quedan en los recuerdos que vuelven solos, en las frases que repetimos sin querer, en las risas que nos regalaron sin saber que un día serían lo que más dolería recordar.


El bisa tenía un carácter fuerte y poca paciencia, pero también tenía ese humor suyo tan raro y nuestro. A veces ladraba como un perro solo para hacernos reír. Y en el día de Reyes siempre me contaba historias de lo que había vivido con los Reyes Magos. Yo, de pequeña, me lo creía todo. Porque cuando alguien te habla con cariño, no dudas.


Él tenía esa capacidad de convertir un momento normal en algo especial. Y ahora entiendo que eso es algo que no todo el mundo sabe hacer.


Claudio cuidó de sus hijos y de su familia como nadie. Su mujer siempre fue su mundo, y gracias a ellos dos supe que el amor real existe de verdad. Pasara lo que pasara, siempre estaban el uno para el otro. Y eso hoy en día no se ve en muchos sitios.


Nos ha dejado un vacío enorme, pero también nos ha dejado recuerdos que ahora valen oro. Cosas pequeñas que en su momento parecían nada y que hoy son todo.


Vuela alto, bisa. Ahora sabemos que estás en paz, que ya no hay dolor, y que desde donde estés nos sigues cuidando como siempre hiciste aquí. Porque para ti la familia lo era todo, y eso no cambia, aunque ya no podamos verte. Gracias por querernos tanto, gracias por enseñarnos sin darte cuenta, gracias por ser tú.


Te quiero muchísimo, tu bisnieta Lucía.


miércoles, 25 de febrero de 2026

España merece claridad, no silencios


Hay algo que me revienta por dentro, y es ver cómo mi generación ha crecido sin saber lo que ha pasado en España hace nada. Y lo digo con orgullo: España, mi país, nuestro país, merece que se cuente su historia completa, no solo la que queda bonita en los libros del colegio.
Porque sí, nos enseñan cosas de hace siglos, nombres que ya ni recordamos, fechas que repetimos como loros. Pero cuando se trata de lo que ocurrió hace menos de diez años, ahí de repente todo se vuelve borroso. Silencios. Falta de verdades. Temas que se pasan por encima como si no importaran.
Y claro que importan.
Hubo un tiempo en España en el que la gente vivía con miedo. Un miedo real, de esos que te cambian la vida. Un miedo que marcó a miles de familias, que dejó cicatrices profundas, que todavía hoy se notan si sabes mirar. Pero a nosotros, a los jóvenes, nadie nos lo explica. Nadie nos cuenta qué pasó, ni por qué, ni cómo afectó a todo el país.
Y eso, molesta.
Porque si no conocemos esa parte de nuestra historia, ¿Cómo vamos a entender lo que somos hoy? ¿Cómo vamos a entender por qué España sigue arrastrando heridas que nadie se molesta en explicarnos?.
Y luego está el gobierno. Mucho discurso, mucha palabra bonita… pero explicar lo que de verdad pasó en España, eso ya no. Parece que hay temas que es mejor esconder, como si los jóvenes no pudiéramos soportar la verdad. Como si fuera más cómodo dejarnos en la ignorancia.
Pues no. Ya está bien.
España merece que su historia reciente se cuente con claridad. Merece que mi generación sepa lo que pasó, lo que se sufrió, lo que costó seguir adelante. Y si nadie nos lo quiere explicar, tendremos que empezar a buscarlo nosotros. Porque conocer la verdad no es peligroso. Lo peligroso es crecer sin ella.
Porque España no merece historias a medias: merece que conozcamos la verdad completa, porque también es nuestra.



viernes, 20 de febrero de 2026

Un futuro que da miedo


Tengo 15 años y, sinceramente, no entiendo mucho de política. No sé de derechas ni de izquierdas, ni de discursos complicados, ni de promesas que nunca se cumplen. Pero hay algo que sí entiendo: que por mucho que adore España, siento que se está cayendo a pedazos delante de nosotros.
Y lo peor es que parece que nadie se da cuenta, o peor aún, que nadie quiere darse cuenta.
Nos llaman "generación de cristal" como si fuéramos frágiles, como si no pudiéramos con nada, como si todo nos afectara demasiado. Pero nunca se paran a pensar en lo que tenemos delante. En el futuro que nos espera. En lo difícil que es imaginar una vida estable cuando ni siquiera sabemos si podremos mantenernos a nosotros mismos.
Es fácil llamarnos sensibles. Lo difícil es mirar la realidad que nos rodea.
Nos dicen que estudiemos, que nos esforcemos, que hagamos mil carreras, que nos preparemos para un futuro brillante. Pero luego miras alrededor y ves trabajos mal pagados, alquileres imposibles, gente joven que no puede independizarse, personas que renuncian a tener hijos porque no pueden permitirse ni el mes siguiente.
¿Y aun así tienen la cara de decir que la culpa es nuestra?
A veces siento que vivimos en un país que exige mucho y ofrece poco. Que nos pide que seamos fuertes mientras nos deja sin herramientas. Que nos critica por quejarnos cuando lo único que hacemos es mirar la realidad de frente.
Como si pedir un futuro digno fuera pedir demasiado.
No sé de política, pero sé lo que se siente al pensar en el futuro y que dé miedo.
Sé lo que es querer una España mejor y no saber si lo veremos.
Sé lo que es sentir que no nos escuchan, que no nos entienden, que no les importa lo que venga después.
Sé lo que es sentir que estamos creciendo en un lugar que no piensa en nosotros, pero sí espera que lo salvemos algún día.
Quizá no tengamos todas las respuestas.
Quizá no sepamos de partidos ni de discursos.
Pero sabemos lo que vivimos.
Sabemos lo que falta.
Sabemos lo que duele, por qué no es lo mismo esperanza en un futuro que un futuro con esperanza.
 


martes, 17 de febrero de 2026

Lo que se aleja sin despedirse



Hay despedidas que no llegan con un adiós. Que no hacen ruido, que no rompen nada de golpe, que no dejan una frase final para recordar. Son despedidas que se sienten antes de que alguien las pronuncie, que se instalan despacio, casi sin que te des cuenta, como si quisieran pasar desapercibidas. Y aun así, terminan doliendo más que cualquier palabra dicha en voz alta.

A veces las personas no se van de repente. No desaparecen de un día para otro, no dejan una explicación, no cierran la puerta detrás de ellas. Simplemente empiezan a alejarse. Primero un silencio que antes no existía, luego una conversación que ya no fluye igual, después una presencia que se siente más lejana aunque siga estando ahí. Y tú lo notas. Aunque te digas que no pasa nada, aunque intentes convencerte de que todo sigue igual, sabes que algo se está rompiendo sin que nadie lo diga.

Lo curioso es que estas despedidas no entienden de etiquetas. No importa si era alguien que querías, alguien con quien creciste, alguien que formaba parte de tu vida desde siempre o alguien que llegó más tarde. La sensación es la misma: un vacío que aparece sin avisar, una distancia que se alarga sin explicación, una ausencia que pesa incluso cuando la persona sigue existiendo en tu mundo.

Y lo más triste es que no hay un momento exacto al que culpar. No puedes señalar un día y decir “fue aquí”. No hay una frase que lo confirme, ni un gesto que lo explique. Solo hay una sensación que crece, una grieta que se abre despacio, una parte de ti que empieza a entender que algo se está acabando aunque nadie lo haya dicho. Y duele. Duele porque no sabes si hiciste algo mal, si faltó algo, si sobró algo, si podrías haber hecho más. Duele porque no hay respuestas, no hay cierre, no hay final claro. Solo queda ese silencio extraño que dejan las cosas que se terminan sin avisar.

Con el tiempo aprendes que no todas las despedidas se pronuncian. Algunas se dicen con miradas que ya no buscan lo mismo, con conversaciones que se quedan a medias, con abrazos que ya no sostienen igual. Otras se dicen con la distancia, con la falta de ganas, con la costumbre de no estar. Y aunque duela aceptarlo, hay personas que solo estaban destinadas a acompañarte un tramo del camino, no la vida entera.

Antes pensaba que las despedidas eran momentos concretos, que siempre había un final claro, un punto y aparte. Ahora sé que no. Que a veces las despedidas son lentas, silenciosas, casi invisibles. Que a veces se van sin irse, y se quedan sin quedarse. Que a veces lo más difícil no es escuchar un adiós, sino entender que ya se dijo sin que nadie lo pronunciara.

Quizá algún día deje de doler.

O quizá no.

Pero he aprendido que hay despedidas que nunca se dicen en voz alta, y que aun así cambian todo lo que viene después.



domingo, 15 de febrero de 2026

San Vicente a través de sus historias



Mi abuelo siempre me habla de su pueblo. Lo hace con esa forma suya tan directa, como si cada recuerdo fuera algo que no quiere que se pierda. Me cuenta dónde nació, dónde jugaba de pequeño, cómo eran las calles y la vida allí. Habla de San Vicente de Alcántara con una ternura que solo se tiene por los lugares que te han marcado de verdad.

Muchas veces me habla de su abuela, de cómo lo cuidaba, de lo que le enseñó, de las cosas que hacían juntos. Otras veces recuerda a "su gente", como él dice, porque para él no eran solo personas: eran parte de su historia, de su infancia, de lo que lo hizo ser quien es hoy. Y yo lo escucho siempre, porque hay algo en su voz cuando habla del pueblo que me hace sentir que ese lugar también es un poco mío, aunque apenas lo recuerde.

De pequeña fui un par de veces, 
pero la verdad es que no me acuerdo de casi nada. Solo tengo una imagen suelta, como una fotografía borrosa en la memoria: un caballo blanco precioso, enorme, que me dejó sin palabras. Es lo único que guardo de aquel sitio, y aun así, cada vez que mi abuelo habla de su pueblo, siento que lo conozco un poco más.

San Vicente de Alcántara aparece en nuestras charlas sin que haga falta buscarlo. Surge en una historia, en un recuerdo, en un detalle que él menciona sin darse cuenta. Y yo, que ya me sé muchas de sus anécdotas, sigo escuchándolas como si fuera la primera vez. Me gusta cómo se le iluminan los ojos cuando recuerda. Me gusta cómo vuelve, aunque sea solo con palabras, a ese lugar que tanto significa para él.

A veces le digo que quiero volver allí, que me lleve, que tengo ganas de ver con mis propios ojos todo lo que me cuenta. Él se ríe, me llama pesada, me dice que ya veremos. Pero si me habla de su infancia, de su abuela, de su gente, de todo lo que vivió… ¿cómo no voy a querer conocerlo? ¿Cómo no voy a querer pisar las mismas calles que él pisó cuando era niño?

Supongo que, en el fondo, no es solo el pueblo lo que quiero ver.
Es verlo a él allí.
Es entender un poco más de dónde viene, qué cosas lo hicieron ser quien es hoy, qué recuerdos guarda tan dentro que todavía le brillan los ojos cuando los cuenta.
Es sentir que, de alguna manera, también formo parte de esa historia que él intenta mantener viva cada vez que la comparte conmigo.

Ojalá volver.
Ojalá que algún día deje de marearlo y me diga que sí.
Ojalá ver ese caballo blanco, aunque ya no esté.
Ojalá conocer el lugar que vive en sus recuerdos… y que, sin darme cuenta, también ha empezado a vivir en los míos.


jueves, 12 de febrero de 2026

El día que empezó el silencio

 

El 5 de julio mi vida se rompió por dentro de una forma que aún no sé explicar del todo. Ese día la perdí a ella. A mi compañera de siempre. A quien estuvo conmigo desde que tengo memoria. Ese día se fue Lira, y con ella se marchó una parte de mí que todavía no he recuperado.

Han pasado siete meses y el dolor continúa con la misma intensidad. Hay momentos en los que la siento tan cerca que resulta difícil aceptar su ausencia. A veces escucho el sonido de sus patas recorriendo el pasillo, ese ruido tan característico desde que hicimos la reforma y cada paso resonaba por toda la casa. También recuerdo su ladrido, firme y lleno de presencia, imposible de confundir con ningún otro. Ahora el silencio ocupa ese lugar, y pesa más de lo que imaginé.

Quince años a su lado. Ella estuvo presente en cada etapa, en cada cambio, en cada viaje. Siempre encontraba la manera de estar cerca, como si supiera que su sitio estaba conmigo.

A veces me cuesta mirar atrás sin que se me cierre el pecho. Como aquel recuerdo que me contaron mis padres: yo tendría unos tres años, y ellos no encontraban a Lira por ninguna parte. La buscaron por toda la casa hasta que la vieron en mi carrito de muñecas. Yo la había colocado allí, como si fuera una bebé más. Y ella, paciente como siempre, se había dejado. Esa era Lira: la que soportaba mis disfraces, mis inventos, mis juegos, sin una sola queja. La que me miraba con esa mezcla de paciencia y cariño que solo tienen los perros que te han elegido.

El último año fue especialmente difícil. Caminaba como un pato mareado, y cada esquina de la casa parecía convertirse en un obstáculo inevitable. Ninguna se salvaba. Aun así, incluso en esos momentos, seguía siendo ella. Seguía buscándome con la mirada. Seguía queriendo estar donde yo estuviera. Seguía siendo Lira, aunque el tiempo le pesara más que antes.

Me cuesta aprender a vivir sin ella. Me cuesta aceptar que ya no me sigue por la casa, que no aparece detrás de mí en cada movimiento, que no me observa con esa atención suya que llenaba cualquier habitación. Porque ella era mi hogar. Siempre lo fue. Era la única constante. La que nunca fallaba. La que estaba presente incluso en los recuerdos que yo no sabía que estaba guardando.

Ahora solo quedan eso: recuerdos. Y aunque duelan más que cualquier otra cosa, también son lo único a lo que puedo aferrarme cuando la echo de menos, que es casi siempre.

Sé que, esté donde esté, cuida de nosotros. De mi familia. De mí. Sé que sigue aquí de alguna manera, aunque no pueda verla. Y deseo que sepa que continúa presente en todo: en cada rincón de la casa, en cada silencio, en cada parte de mí que todavía la busca.

Ojalá sepa que siempre estará. Que nunca se fue del todo. Que hay amores que no entienden de finales.


sábado, 7 de febrero de 2026

Cuando querer tenía otro significado

 


Últimamente me da por pensar en cómo ha cambiado el amor. No sé si es la época, si somos nosotros, o si simplemente nos hemos acostumbrado a querer sin profundidad. Pero el amor de hoy en día no se parece en nada al de antes. Y no hablo de hace siglos, hablo de hace unos pocos años, cuando escribir una carta no era visto como algo exagerado, sino como un gesto bonito, sincero, lleno de intención.

Antes te sentabas a escribir lo que sentías, palabra por palabra, sin miedo a que te llamaran intensa. Regalabas flores sin motivo, solo porque te nacía. Buscabas cualquier excusa para ver a esa persona, aunque fuera un ratito, aunque fuera solo para decir “te he echado de menos”. Había una forma de querer que se demostraba, que se cuidaba, que se decía sin vergüenza.

Y ahora… ahora parece que todo eso se ha ido perdiendo. Ser infiel se ha convertido casi en una moda, como si romperle el corazón a alguien fuera parte del juego. Respetar a tu pareja ya no es lo normal, es casi una excepción. Pasan horas, días incluso, sin hablarse, y nadie dice nada porque “no pasa nada”. Como si sentir fuese un problema. Como si pedir atención fuese pedir demasiado.

El amor se ha vuelto rápido, superficial, lleno de silencios que pesan más que cualquier palabra. Ya nadie lucha, nadie insiste, nadie cuida. Todo es reemplazable, todo es temporal, todo es “si no me gusta, me voy”. Y yo no sé en qué momento empezamos a conformarnos con tan poco. En qué momento dejamos de valorar lo que teníamos delante.

Y lo curioso es que yo ni siquiera viví ese amor del que hablo. Tengo 15 años. Lo que sé, lo que admiro, lo que me parece bonito, es lo que me enseñaron en casa.

Ese amor que veía en mis abuelos, en mis padres, en las historias que escuché desde pequeña. Ese amor que se demuestra con detalles, que se cuida con paciencia, que se habla con calma. Ese amor que no tiene miedo de decir lo que siente, que no desaparece sin explicación, que no juega a medias.

Quizá por eso me cuesta tanto entender lo que veo hoy. Porque crecí creyendo que querer era algo serio, algo bonito, algo que se construía entre dos. No algo que se usa y se tira. No algo que se deja a medias. No algo que se rompe por aburrimiento.

A veces siento que admiramos un amor que ya casi nadie práctica. Un amor que parece antiguo, pero que para mí es el más real de todos. Un amor que no necesita filtros, ni excusas, ni silencios eternos. Un amor que se demuestra, que se piensa, que se siente de verdad.

 

sábado, 24 de enero de 2026

Mi abuela

Mi abuela es, sin duda, uno de los personajes principales de mi vida. Y digo “personaje” porque a veces parece sacada de una serie: cariñosa, siempre divertida con sus bromas y con unas costumbres que no cambian ni aunque tiemble la tierra.

Todas las mañanas hace lo mismo: café, tablet, gafas y periódico. Es como ver un documental de animales pero versión abuela: siempre en su hábitat natural, la cocina, con su ritual sagrado. Si un día no lo hace, yo creo que el universo se desajusta un poco.

Los sábados son otro capítulo fijo. Mi hermana y yo vamos a comer a su casa y, sinceramente, debería tener una estrella Michelin. Sus croquetas de cocido no son croquetas, son armas de destrucción masiva… pero de lo buenas que están. Después de comer, ella recoge todo y se va a su sofá a ver Netflix. Antes eran novelas turcas, pero claro, ya se las sabe todas. Si las repiten, ella te dice el final antes de que empiece el capítulo.

Cuando era pequeña, yo me sentaba a su lado a ver lo que fuera que estuviera viendo. A veces me daba un miedo horrible, pero ahí seguía, pegada a ella como si fuera mi escudo protector. Y oye, funcionaba.

Y si algo demuestra lo enorme que es su corazón, es todo lo que hacía por nosotras sin que nadie se lo pidiera. Cambiaba turnos de trabajo, reorganizaba horarios y movía cielo y tierra solo para bajar a Alicante a recogerme del colegio. A veces venía con mi abuelo, otras veces hacía el viaje completamente sola, pero siempre llegaba con esa sonrisa suya que iluminaba el día entero.

Y nunca venía con las manos vacías. Traía regalos, detalles que sabía que me harían ilusión, y sobre todo traía comida. Tuppers llenos de albóndigas para congelar, filetes de los buenos que solo ella sabía preparar, y mil cosas más que convertían nuestra nevera en un pequeño tesoro. Era su manera de cuidarnos incluso cuando no estaba.

Mi abuela tiene una forma de querernos que no se aprende en ningún sitio. Siempre está pendiente, siempre quiere saber cómo estamos, siempre busca la manera de hacernos sentir acompañadas. Es ese tipo de cariño que se nota incluso sin palabras, como un abrazo que te sigue a todas partes.

A veces pienso que mi hermana y yo somos su debilidad. Y ella también es la nuestra. Porque sí, es cariñosa, siempre tiene una broma lista y tiene un corazón enorme… y no la cambiaríamos por nada.

Te quiero mucho Abu!!