miércoles, 22 de abril de 2026

Cuando crecer se hace raro


Hace poco me paré a pensar y me di cuenta de que no me gusta demasiado la idea de crecer. Suena raro a mi edad, lo sé. Lo “normal” es querer sacarte el carné, salir hasta más tarde o hacer cosas “de mayores”. Y no digo que esté mal, ni que no mole, pero cuando miro atrás me entra una nostalgia de la buena, de esa que te hace sonreír.
Antes todo se sentía especial. Me disfrazaba, me ponía aquellos tacones de plástico con un lazo gigante y la foto de una princesa de Disney. Todas las tardes jugaba con mi mejor amiga después del cole, y la noche de Reyes era el momento más emocionante del año para aquella niña que, al parecer, ahora no tiene tantas prisas por hacerse mayor.
También estaban las tardes de los domingos, aquellas que compartía con mi abuelo y que ahora recuerdo con un cariño especial. Con él descubrí cosas que, aunque eran simples, para mí eran todo un mundo: que con las katiuskas podía saltar los charcos, que los caracoles me daban miedo y que las vacas eran vacas vestidas de vaca. Eran momentos tranquilos, de esos que no parecen importantes hasta que pasa el tiempo y te das cuenta de que lo eran más de lo que pensabas. Son recuerdos que ahora compartimos los dos, como si fueran pequeñas historias solo nuestras.
Supongo que por eso me cuesta un poco dejar atrás esa etapa. No porque crecer sea malo, sino porque mi infancia fue tan buena que a veces me gustaría volver un ratito. Aun así, sé que hacerse mayor también trae cosas nuevas, diferentes, y que no todo tiene por qué perder la magia.
Lo que sí tengo claro es que, pase lo que pase, siempre habrá un rincón dentro de mí para esa niña que se disfrazaba de princesa, que corría por el río inventando historias imposibles y que se ponía tacones de plástico para sentirse mayor. Esa parte sigue ahí, acompañándome mientras crezco.