jueves, 12 de febrero de 2026

El día que empezó el silencio

 

El 5 de julio mi vida se rompió por dentro de una forma que aún no sé explicar del todo. Ese día la perdí a ella. A mi compañera de siempre. A quien estuvo conmigo desde que tengo memoria. Ese día se fue Lira, y con ella se marchó una parte de mí que todavía no he recuperado.

Han pasado siete meses y el dolor continúa con la misma intensidad. Hay momentos en los que la siento tan cerca que resulta difícil aceptar su ausencia. A veces escucho el sonido de sus patas recorriendo el pasillo, ese ruido tan característico desde que hicimos la reforma y cada paso resonaba por toda la casa. También recuerdo su ladrido, firme y lleno de presencia, imposible de confundir con ningún otro. Ahora el silencio ocupa ese lugar, y pesa más de lo que imaginé.

Quince años a su lado. Ella estuvo presente en cada etapa, en cada cambio, en cada viaje. Siempre encontraba la manera de estar cerca, como si supiera que su sitio estaba conmigo.

A veces me cuesta mirar atrás sin que se me cierre el pecho. Como aquel recuerdo que me contaron mis padres: yo tendría unos tres años, y ellos no encontraban a Lira por ninguna parte. La buscaron por toda la casa hasta que la vieron en mi carrito de muñecas. Yo la había colocado allí, como si fuera una bebé más. Y ella, paciente como siempre, se había dejado. Esa era Lira: la que soportaba mis disfraces, mis inventos, mis juegos, sin una sola queja. La que me miraba con esa mezcla de paciencia y cariño que solo tienen los perros que te han elegido.

El último año fue especialmente difícil. Caminaba como un pato mareado, y cada esquina de la casa parecía convertirse en un obstáculo inevitable. Ninguna se salvaba. Aun así, incluso en esos momentos, seguía siendo ella. Seguía buscándome con la mirada. Seguía queriendo estar donde yo estuviera. Seguía siendo Lira, aunque el tiempo le pesara más que antes.

Me cuesta aprender a vivir sin ella. Me cuesta aceptar que ya no me sigue por la casa, que no aparece detrás de mí en cada movimiento, que no me observa con esa atención suya que llenaba cualquier habitación. Porque ella era mi hogar. Siempre lo fue. Era la única constante. La que nunca fallaba. La que estaba presente incluso en los recuerdos que yo no sabía que estaba guardando.

Ahora solo quedan eso: recuerdos. Y aunque duelan más que cualquier otra cosa, también son lo único a lo que puedo aferrarme cuando la echo de menos, que es casi siempre.

Sé que, esté donde esté, cuida de nosotros. De mi familia. De mí. Sé que sigue aquí de alguna manera, aunque no pueda verla. Y deseo que sepa que continúa presente en todo: en cada rincón de la casa, en cada silencio, en cada parte de mí que todavía la busca.

Ojalá sepa que siempre estará. Que nunca se fue del todo. Que hay amores que no entienden de finales.


3 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. ¡Bravo Lucía!... hasta el título me ha gustado.
    Yo no tengo ese don que tienes tú para tener esa imaginación. Como admiro a las personas como tú. Tienes la sensibilidad de hacer llamar la atención -como te decía- desde el título que le pones a tus escritos.

    Es más, empleas una genial técnica literaria de principio de primacía, es decir... captar la atención desde las primeras líneas y especialmente el efecto de recencia, es decir... el final.

    Esa frase final (que reconozco muy bien, porqué también lo hace tu abuelo en sus escritos), con que apostillas tus textos. Frase rotunda y magnífica que deja un maravilloso recuerdo a quienes podemos disfrutar de ese sentimiento que plasmas siempre.

    Pdta.: dos apuntes finales Lucía. Lira, estuvo en mi casa en Soria, la recuerdo muy bien y decirte que... algunos también perdimos en alguna ocasión, un amigo fiel de esos de cuatro patas, por lo que tú sentimiento es perfectamente reconocible.

    Un beso Lucía😘

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  3. Precioso relato, preciosa. Gracias por compartirlo

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