Mi abuelo siempre me habla de su pueblo. Lo hace con esa forma suya tan directa, como si cada recuerdo fuera algo que no quiere que se pierda. Me cuenta dónde nació, dónde jugaba de pequeño, cómo eran las calles y la vida allí. Habla de San Vicente de Alcántara con una ternura que solo se tiene por los lugares que te han marcado de verdad.
Muchas veces me habla de su abuela, de cómo lo cuidaba, de lo que le enseñó, de las cosas que hacían juntos. Otras veces recuerda a "su gente", como él dice, porque para él no eran solo personas: eran parte de su historia, de su infancia, de lo que lo hizo ser quien es hoy. Y yo lo escucho siempre, porque hay algo en su voz cuando habla del pueblo que me hace sentir que ese lugar también es un poco mío, aunque apenas lo recuerde.
De pequeña fui un par de veces, pero la verdad es que no me acuerdo de casi nada. Solo tengo una imagen suelta, como una fotografía borrosa en la memoria: un caballo blanco precioso, enorme, que me dejó sin palabras. Es lo único que guardo de aquel sitio, y aun así, cada vez que mi abuelo habla de su pueblo, siento que lo conozco un poco más.
San Vicente de Alcántara aparece en nuestras charlas sin que haga falta buscarlo. Surge en una historia, en un recuerdo, en un detalle que él menciona sin darse cuenta. Y yo, que ya me sé muchas de sus anécdotas, sigo escuchándolas como si fuera la primera vez. Me gusta cómo se le iluminan los ojos cuando recuerda. Me gusta cómo vuelve, aunque sea solo con palabras, a ese lugar que tanto significa para él.
A veces le digo que quiero volver allí, que me lleve, que tengo ganas de ver con mis propios ojos todo lo que me cuenta. Él se ríe, me llama pesada, me dice que ya veremos. Pero si me habla de su infancia, de su abuela, de su gente, de todo lo que vivió… ¿cómo no voy a querer conocerlo? ¿Cómo no voy a querer pisar las mismas calles que él pisó cuando era niño?
Supongo que, en el fondo, no es solo el pueblo lo que quiero ver.
Es verlo a él allí.
Es entender un poco más de dónde viene, qué cosas lo hicieron ser quien es hoy, qué recuerdos guarda tan dentro que todavía le brillan los ojos cuando los cuenta.
Es sentir que, de alguna manera, también formo parte de esa historia que él intenta mantener viva cada vez que la comparte conmigo.
Ojalá volver.
Ojalá que algún día deje de marearlo y me diga que sí.
Ojalá ver ese caballo blanco, aunque ya no esté.
Ojalá conocer el lugar que vive en sus recuerdos… y que, sin darme cuenta, también ha empezado a vivir en los míos.

¡Que bonito Lucía! y que cariño tienes por tu abuelo. No te apures que o te lleva ¡YA!, o le doy una palizón ¡que lo avío!!!. Me sumo a tu insistencia. Un beso y gracias por deleitarnos.
ResponderEliminar¡Muchísimas gracias Manel! Me hace ilusión que te haya gustado. Y sí, a ver si entre los dos lo convencemos, que yo estoy deseando volver. Un beso enorme.
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