En mi familia, toda la vida hemos sido de trapo amarillo. No
era solo un trapo: era tradición, era identidad, era casi un miembro más de la
casa. Un clásico de la casa, de esos que llevan tantos años ahí que ya ni te
imaginas la cocina sin él. Ese trapo había visto de todo: mocos, lágrimas,
heridas, manchas imposibles y algún que otro desastre que es mejor no recordar.
Era feo, sí, pero era nuestro.
Por eso, cuando mi abuela decidió que quería ser “moderna” y
cambió el trapo amarillo por un simple y cutre trapo rosa, sentí que algo dentro de mí se
descolocaba. Lo hizo sin avisar, sin prepararnos, sin un mínimo de respeto por
la memoria histórica familiar. Simplemente apareció con un trapo rosa
pastel, como si fuera lo más normal del mundo. Y no, no lo era. Era un golpe
directo a mis recuerdos, a mi infancia, a todo lo que yo entendía como orden
doméstico.
El nuevo trapo no tiene historia. No tiene carácter. No
tiene ni una sola mancha que cuente una anécdota. Es un trapo rosa que parece
comprado deprisa, sin cariño, sin pensar en lo que estaba sustituyendo. Y yo,
sinceramente, creo que esto debería ser ilegal. Un atentado contra la tradición
familiar.
Porque, vamos a ver, ¿cómo voy a confiar en un trapo rosa
para limpiarme los mocos? ¿Qué experiencia tiene? ¿Qué ha vivido? El trapo
amarillo llevaba décadas en servicio. Había sobrevivido a meriendas
desastrosas, a resfriados y a muchas cosas más. Era un guerrero del día
a día.
Aún estoy procesando que la ausencia del viejo trapo amarillo me genere un trauma en el futuro. Mi abuela no tiene sentimientos. Para que nadie olvide a lo que nos recogió los mocos a la vez que nos curaba las heridas o nos limpiaba la cara.
No solo era el trapo amarillo, era el trapotodo.
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