miércoles, 25 de febrero de 2026
España merece claridad, no silencios
viernes, 20 de febrero de 2026
Un futuro que da miedo
martes, 17 de febrero de 2026
Lo que se aleja sin despedirse
Hay despedidas que no llegan con un adiós. Que no hacen ruido, que no rompen nada de golpe, que no dejan una frase final para recordar. Son despedidas que se sienten antes de que alguien las pronuncie, que se instalan despacio, casi sin que te des cuenta, como si quisieran pasar desapercibidas. Y aun así, terminan doliendo más que cualquier palabra dicha en voz alta.
A veces las personas no se van de repente. No desaparecen de un día para otro, no dejan una explicación, no cierran la puerta detrás de ellas. Simplemente empiezan a alejarse. Primero un silencio que antes no existía, luego una conversación que ya no fluye igual, después una presencia que se siente más lejana aunque siga estando ahí. Y tú lo notas. Aunque te digas que no pasa nada, aunque intentes convencerte de que todo sigue igual, sabes que algo se está rompiendo sin que nadie lo diga.
Lo curioso es que estas despedidas no entienden de etiquetas. No importa si era alguien que querías, alguien con quien creciste, alguien que formaba parte de tu vida desde siempre o alguien que llegó más tarde. La sensación es la misma: un vacío que aparece sin avisar, una distancia que se alarga sin explicación, una ausencia que pesa incluso cuando la persona sigue existiendo en tu mundo.
Y lo más triste es que no hay un momento exacto al que culpar. No puedes señalar un día y decir “fue aquí”. No hay una frase que lo confirme, ni un gesto que lo explique. Solo hay una sensación que crece, una grieta que se abre despacio, una parte de ti que empieza a entender que algo se está acabando aunque nadie lo haya dicho. Y duele. Duele porque no sabes si hiciste algo mal, si faltó algo, si sobró algo, si podrías haber hecho más. Duele porque no hay respuestas, no hay cierre, no hay final claro. Solo queda ese silencio extraño que dejan las cosas que se terminan sin avisar.
Con el tiempo aprendes que no todas las despedidas se pronuncian. Algunas se dicen con miradas que ya no buscan lo mismo, con conversaciones que se quedan a medias, con abrazos que ya no sostienen igual. Otras se dicen con la distancia, con la falta de ganas, con la costumbre de no estar. Y aunque duela aceptarlo, hay personas que solo estaban destinadas a acompañarte un tramo del camino, no la vida entera.
Antes pensaba que las despedidas eran momentos concretos, que siempre había un final claro, un punto y aparte. Ahora sé que no. Que a veces las despedidas son lentas, silenciosas, casi invisibles. Que a veces se van sin irse, y se quedan sin quedarse. Que a veces lo más difícil no es escuchar un adiós, sino entender que ya se dijo sin que nadie lo pronunciara.
Pero he aprendido que hay despedidas que nunca se dicen en voz alta, y que aun así cambian todo lo que viene después.
domingo, 15 de febrero de 2026
San Vicente a través de sus historias
Mi abuelo siempre me habla de su pueblo. Lo hace con esa forma suya tan directa, como si cada recuerdo fuera algo que no quiere que se pierda. Me cuenta dónde nació, dónde jugaba de pequeño, cómo eran las calles y la vida allí. Habla de San Vicente de Alcántara con una ternura que solo se tiene por los lugares que te han marcado de verdad.
Muchas veces me habla de su abuela, de cómo lo cuidaba, de lo que le enseñó, de las cosas que hacían juntos. Otras veces recuerda a "su gente", como él dice, porque para él no eran solo personas: eran parte de su historia, de su infancia, de lo que lo hizo ser quien es hoy. Y yo lo escucho siempre, porque hay algo en su voz cuando habla del pueblo que me hace sentir que ese lugar también es un poco mío, aunque apenas lo recuerde.
De pequeña fui un par de veces, pero la verdad es que no me acuerdo de casi nada. Solo tengo una imagen suelta, como una fotografía borrosa en la memoria: un caballo blanco precioso, enorme, que me dejó sin palabras. Es lo único que guardo de aquel sitio, y aun así, cada vez que mi abuelo habla de su pueblo, siento que lo conozco un poco más.
A veces le digo que quiero volver allí, que me lleve, que tengo ganas de ver con mis propios ojos todo lo que me cuenta. Él se ríe, me llama pesada, me dice que ya veremos. Pero si me habla de su infancia, de su abuela, de su gente, de todo lo que vivió… ¿cómo no voy a querer conocerlo? ¿Cómo no voy a querer pisar las mismas calles que él pisó cuando era niño?
Supongo que, en el fondo, no es solo el pueblo lo que quiero ver.
Es verlo a él allí.
Es entender un poco más de dónde viene, qué cosas lo hicieron ser quien es hoy, qué recuerdos guarda tan dentro que todavía le brillan los ojos cuando los cuenta.
Es sentir que, de alguna manera, también formo parte de esa historia que él intenta mantener viva cada vez que la comparte conmigo.
Ojalá volver.
Ojalá que algún día deje de marearlo y me diga que sí.
Ojalá ver ese caballo blanco, aunque ya no esté.
Ojalá conocer el lugar que vive en sus recuerdos… y que, sin darme cuenta, también ha empezado a vivir en los míos.
jueves, 12 de febrero de 2026
El día que empezó el silencio
El 5 de julio mi vida se rompió por dentro de una forma que aún no sé explicar del todo. Ese día la perdí a ella. A mi compañera de siempre. A quien estuvo conmigo desde que tengo memoria. Ese día se fue Lira, y con ella se marchó una parte de mí que todavía no he recuperado.
Han pasado siete meses y el dolor continúa con la misma intensidad. Hay momentos en los que la siento tan cerca que resulta difícil aceptar su ausencia. A veces escucho el sonido de sus patas recorriendo el pasillo, ese ruido tan característico desde que hicimos la reforma y cada paso resonaba por toda la casa. También recuerdo su ladrido, firme y lleno de presencia, imposible de confundir con ningún otro. Ahora el silencio ocupa ese lugar, y pesa más de lo que imaginé.
Quince años a su lado. Ella estuvo presente en cada etapa, en cada cambio, en cada viaje. Siempre encontraba la manera de estar cerca, como si supiera que su sitio estaba conmigo.
A veces me cuesta mirar atrás sin que se me cierre el pecho. Como aquel recuerdo que me contaron mis padres: yo tendría unos tres años, y ellos no encontraban a Lira por ninguna parte. La buscaron por toda la casa hasta que la vieron en mi carrito de muñecas. Yo la había colocado allí, como si fuera una bebé más. Y ella, paciente como siempre, se había dejado. Esa era Lira: la que soportaba mis disfraces, mis inventos, mis juegos, sin una sola queja. La que me miraba con esa mezcla de paciencia y cariño que solo tienen los perros que te han elegido.
El último año fue especialmente difícil. Caminaba como un pato mareado, y cada esquina de la casa parecía convertirse en un obstáculo inevitable. Ninguna se salvaba. Aun así, incluso en esos momentos, seguía siendo ella. Seguía buscándome con la mirada. Seguía queriendo estar donde yo estuviera. Seguía siendo Lira, aunque el tiempo le pesara más que antes.
Me cuesta aprender a vivir sin ella. Me cuesta aceptar que ya no me sigue por la casa, que no aparece detrás de mí en cada movimiento, que no me observa con esa atención suya que llenaba cualquier habitación. Porque ella era mi hogar. Siempre lo fue. Era la única constante. La que nunca fallaba. La que estaba presente incluso en los recuerdos que yo no sabía que estaba guardando.
Ahora solo quedan eso: recuerdos. Y aunque duelan más que cualquier otra cosa, también son lo único a lo que puedo aferrarme cuando la echo de menos, que es casi siempre.
Sé que, esté donde esté, cuida de nosotros. De mi familia. De mí. Sé que sigue aquí de alguna manera, aunque no pueda verla. Y deseo que sepa que continúa presente en todo: en cada rincón de la casa, en cada silencio, en cada parte de mí que todavía la busca.
Ojalá sepa que siempre estará. Que nunca se fue del todo. Que hay amores que no entienden de finales.
sábado, 7 de febrero de 2026
Cuando querer tenía otro significado
Últimamente me da por pensar en cómo ha cambiado el amor. No
sé si es la época, si somos nosotros, o si simplemente nos hemos acostumbrado a
querer sin profundidad. Pero el amor de hoy en día no se parece en nada al de
antes. Y no hablo de hace siglos, hablo de hace unos pocos años, cuando
escribir una carta no era visto como algo exagerado, sino como un gesto bonito,
sincero, lleno de intención.
Antes te sentabas a escribir lo que sentías, palabra por
palabra, sin miedo a que te llamaran intensa. Regalabas flores sin motivo, solo
porque te nacía. Buscabas cualquier excusa para ver a esa persona, aunque fuera
un ratito, aunque fuera solo para decir “te he echado de menos”. Había una
forma de querer que se demostraba, que se cuidaba, que se decía sin vergüenza.
Y ahora… ahora parece que todo eso se ha ido perdiendo. Ser
infiel se ha convertido casi en una moda, como si romperle el corazón a alguien
fuera parte del juego. Respetar a tu pareja ya no es lo normal, es casi una
excepción. Pasan horas, días incluso, sin hablarse, y nadie dice nada porque
“no pasa nada”. Como si sentir fuese un problema. Como si pedir atención fuese
pedir demasiado.
El amor se ha vuelto rápido, superficial, lleno de silencios
que pesan más que cualquier palabra. Ya nadie lucha, nadie insiste, nadie
cuida. Todo es reemplazable, todo es temporal, todo es “si no me gusta, me
voy”. Y yo no sé en qué momento empezamos a conformarnos con tan poco. En qué
momento dejamos de valorar lo que teníamos delante.
Y lo curioso es que yo ni siquiera viví ese amor del que
hablo. Tengo 15 años. Lo que sé, lo que admiro, lo que me parece bonito, es lo
que me enseñaron en casa.
Ese amor que veía en mis abuelos, en mis padres, en las
historias que escuché desde pequeña. Ese amor que se demuestra con detalles,
que se cuida con paciencia, que se habla con calma. Ese amor que no tiene miedo
de decir lo que siente, que no desaparece sin explicación, que no juega a
medias.
Quizá por eso me cuesta tanto entender lo que veo hoy.
Porque crecí creyendo que querer era algo serio, algo bonito, algo que se
construía entre dos. No algo que se usa y se tira. No algo que se deja a
medias. No algo que se rompe por aburrimiento.
A veces siento que admiramos un amor que ya casi nadie práctica.
Un amor que parece antiguo, pero que para mí es el más real de todos. Un amor
que no necesita filtros, ni excusas, ni silencios eternos. Un amor que se
demuestra, que se piensa, que se siente de verdad.




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