Mi abuela es, sin duda, uno de los personajes principales de mi vida. Y digo “personaje” porque a veces parece sacada de una serie: cariñosa, siempre divertida con sus bromas y con unas costumbres que no cambian ni aunque tiemble la tierra.
Todas las mañanas hace lo mismo: café, tablet, gafas y periódico. Es como ver un documental de animales pero versión abuela: siempre en su hábitat natural, la cocina, con su ritual sagrado. Si un día no lo hace, yo creo que el universo se desajusta un poco.
Los sábados son otro capítulo fijo. Mi hermana y yo vamos a comer a su casa y, sinceramente, debería tener una estrella Michelin. Sus croquetas de cocido no son croquetas, son armas de destrucción masiva… pero de lo buenas que están. Después de comer, ella recoge todo y se va a su sofá a ver Netflix. Antes eran novelas turcas, pero claro, ya se las sabe todas. Si las repiten, ella te dice el final antes de que empiece el capítulo.
Cuando era pequeña, yo me sentaba a su lado a ver lo que fuera que estuviera viendo. A veces me daba un miedo horrible, pero ahí seguía, pegada a ella como si fuera mi escudo protector. Y oye, funcionaba.
Y si algo demuestra lo enorme que es su corazón, es todo lo que hacía por nosotras sin que nadie se lo pidiera. Cambiaba turnos de trabajo, reorganizaba horarios y movía cielo y tierra solo para bajar a Alicante a recogerme del colegio. A veces venía con mi abuelo, otras veces hacía el viaje completamente sola, pero siempre llegaba con esa sonrisa suya que iluminaba el día entero.
Y nunca venía con las manos vacías. Traía regalos, detalles que sabía que me harían ilusión, y sobre todo traía comida. Tuppers llenos de albóndigas para congelar, filetes de los buenos que solo ella sabía preparar, y mil cosas más que convertían nuestra nevera en un pequeño tesoro. Era su manera de cuidarnos incluso cuando no estaba.
Mi abuela tiene una forma de querernos que no se aprende en ningún sitio. Siempre está pendiente, siempre quiere saber cómo estamos, siempre busca la manera de hacernos sentir acompañadas. Es ese tipo de cariño que se nota incluso sin palabras, como un abrazo que te sigue a todas partes.
A veces pienso que mi hermana y yo somos su debilidad. Y ella también es la nuestra. Porque sí, es cariñosa, siempre tiene una broma lista y tiene un corazón enorme… y no la cambiaríamos por nada.
Te quiero mucho Abu!!

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